El Síndrome del 68

Por Horacio Rivera

En medio de disturbios, el pasado 2 de octubre volvió a celebrarse el memorial del movimiento estudiantil del 68 en la Ciudad de México. Esta vez una bomba molotov explotó en las manos de uno de los manifestantes (un muchacho de 17 años) cuando intentaba lanzarla por arriba de las vallas colocadas frente a Palacio Nacional. ¿Pero de qué protestaba alguien que aún no nacía cuando ocurrió la revuelta en Tlatelolco?

Desde un punto de vista elevado la cámara nos muestra a una multitud de encapuchados, los cuales permanecen expectantes ante una valla colocada frente a Palacio Nacional. De pronto surge una llamarada, luego una cortina de humo blanco cubre a varios de los que ahí se encuentran. Todos corren despavoridos en distintas direcciones. Es el caos. Más tarde se supo que la llamarada y el humo fueron provocados por una bomba molotov que estalló en manos de un encapuchado que pretendía lanzarla contra Palacio Nacional. El porro encapuchado resultó ser un muchacho de 17 años, llamado Daniel Alejandro León, cuya mano sufrió fracturas, además de quemaduras de primer grado en el cuerpo. A unos cuantos días del incidente, los familiares de Daniel piden donaciones. Encima de que el muchacho salió violento, ahora hay que apoyarlo. Faltaba más. ¿Y por qué la ciudadanía tendría que solidarizarse con la causa de un agitador, que pretendía causar daños contra Palacio Nacional, la casa del gobierno mexicano y, de paso, la casa de la presidenta Sheinbaum? ¿Y si la bomba molotov que explotó en las manos de Daniel le hubiera caído a un tercero y le hubiera causado los mismas heridas que le causó a él? Lo que resulta incomprensible es que aunque la autoridad tiene identificado al agitador, no levante cargos contra él. Y vaya que se le podría acusar de delitos muy graves, tales como terrorismo, sabotaje y fabricación, posesión y transporte de explosivos. 

No. En vez de eso se le solapa, como si lo que hizo fuese una gracia, la puntada de un adolescente que le andaba jugando al guerrillero en la plancha del Zócalo. Paternalismo e impunidad. Siendo así, no debería causar sorpresa que hace una semana, en la ciudad de Torreón, dos hermanos gemelos (de 18 años) se hayan dado valor para apersonarse en la escuela, en la que alguna vez estudiaron, y ejecutaran a la subdirectora, además de dejar heridas a otras cuatro personas. En lo que pocos reflexionan es que bajo un régimen como el morenista, que premia la cultura de la grilla y la desobediencia, alguien que hoy lanza bombas molotov, en unos años pudiera convertirse en presidente o en gobernador. O al menos en senador. Gerardo Fernández Noroña, senador de la República, es sólo uno de muchos y muy lamentables ejemplos de lo que puede lograr un porro de carrera cuando usa todas sus artimañas y chapuzas para enquistarse en el poder. 

Papá gobierno

Si hay algo a lo que teme el gobierno mexicano, sin importar el partido del cual haya surgido, es que lo llamen represor. Ese temor malsano y paranoico es una de las herencias más traumáticas del movimiento del 68. A partir de ahí todos los presidentes, con sus respectivos secretarios de Gobernación, han evitado confrontar a cualquiera que parezca o, que se nombre a sí mismo, “estudiante”. Ya no se diga a aquellos que cada 2 de octubre toman las calles del centro de la Ciudad de México y las destrozan. ¿Pero de qué protestan? Hace 58 años los estudiantes protestaban por el autoritarismo del presidente Díaz Ordaz y la represión policial. Y de refilón exigían una democracia. Eran los buenos tiempos del viejo PRI. Pero hoy México es otro. Se puede estar en desacuerdo o no con la 4T, pero hay que reconocer que el gobierno morenista trata a los jóvenes muy distinto a como los trataba Díaz Ordaz. Hoy dicho gobierno es más permisivo y alcahuete que nunca. Bien sabe ese gobierno que en cada joven tiene a un potencial elector, cuyo voto puede ayudar a que Morena se mantenga en el poder. Hoy un adolescente como Daniel, aunque sea un generador de violencia (muy torpe, por cierto), está libre. Además tiene derecho a becas y apoyos por parte de papá gobierno, por el solo hecho de ser joven. No se le exigen buenas calificaciones ni algún tipo de superación personal o una retribución por lo obtenido. En efecto, ese gobierno que le ha hecho la vida más fácil a los jóvenes, al mismo tiempo parece haber renunciado a su facultad de imponer reglas claras y castigar a quienes abusan de la libertad que otorga. 

Humanismo mexicano

Es lamentable ver a un grupo de jóvenes encapuchados arremetiendo con petardos y bombas molotov contra absolutamente nadie. Porque nadie los reta y, mucho menos, los enfrenta. La policía es un mero observador. El enemigo a vencer es invisible. Y en su nombre se destroza el mobiliario urbano y se saquean comercios. Ni siquiera el Metro se salva de la madriza. Ese enemigo sólo existe en la mente excitada de alguien a quien le contaron o, leyó en algún lado, que el 68 fue algo espantoso. Es como pelear con un molino de viento confundiéndolo con un gigante. Hay mucho de bueno en honrar la memoria de un hecho deplorable como el 68, el cual marcó a toda una generación; pero hacerlo con bombas, explosiones y destrozos es como pisotear la dignidad de la consciencia adquirida. Por desgracia, hoy en la Ciudad de México cualquiera puede plantarse en medio de una calle o avenida y bloquear el paso de miles de coches y camiones, sin que autoridad alguna lo moleste. No vaya a ser que la prensa y las redes acusen de represor a un gobierno que se jacta de haber inventado el “humanismo mexicano”; pero que durante los últimos ocho años ha acumulado decenas de miles de desaparecidos. Muchos más de los que cayeron en aquel infame 2 de octubre.



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