Por Horacio Rivera
Los medios y las redes nos volvieron a vender el sueño guajiro de cada cuatro años. Ese sueño en el que México, tras vencer a los más perrones, llega a la final de la Copa del Mundo. Pero de nueva cuenta la realidad nos pegó en la cara y nos hizo despertar. Quedan para la posteridad los zafarranchos, los destrozos y los muertos por los festejos en el Ángel. Quizá una de las cosas más rescatables es el célebre “¿Y si sí?”, una frase nacida de la esperanza de un pueblo con hambre de ganar
Otra vez no dijeron que teníamos un equipazo. Un equipo imbatible (cero goles recibidos en tres partidos), el cual sorprendió a todos. Desde el portero, Rangel, hasta el escurridizo Morita, pasando por el colombiano, naturalizado mexicano, Quiñones. Esta sí era la buena. Ahora sí íbamos a hacer historia. El Vasco Aguirre nos iba a llevar hasta donde nunca habíamos llegado. ¿Qué falló esta vez? No fue la actitud ni la garra, simplemente no tenemos el nivel futbolístico de las superpotencias. Quizá algún día, pero no hoy. Nos defendemos aceptablemente, somos veloces, atacamos con fe. Pero al final, a la hora grande, no hay una individualidad, un genio, como podría ser un Mbappé o un Harry Kane, que defina y haga la diferencia aun en los momentos más complicados. El equipo mexicano es limitado. Y dentro de sus limitaciones no lo hace tan mal. Por desgracia, en el fútbol hace falta mucho más que eso para siquiera aspirar a llevarse un campeonato del mundo.
Por supuesto, los medios y las redes se encargaron de magnificar a la Selección Mexicana. La fueron inflando poco a poco, mientras algunos de sus jugadores se volvían figuras publicitarias, incluido el entrenador. Lo mismo escuchamos los anuncios de radio con la voz aguardentosa del Vasco Aguirre, anunciando colchones con un tono juguetón, que vemos a sus jugadores retratados en sendas carteleras, anunciando refrescos de cola, cuadernos escolares y casas de apuestas. Es el gran negocio del fútbol, con la bendición de uno de los testaferros globales de Donald Trump, el siempre sonriente y maquiavélico, Jianni Infantino, presidente de la FIFA. Y es que aquel que a dos amos sirve, con uno suele quedar mal. O somos estrellas de los medios y la farándula o nos dedicamos a jugar fútbol sin distracciones. ¿Cómo puede concentrarse un entrenador en una Copa del Mundo, cuando además de dirigir una selección de fútbol, es el protagonista de una campaña publicitaria de colchones?
Sería injusto decir que la responsabilidad de la derrota es únicamente de los jugadores y su entrenador. Hay otros tantos factores externos que también influyeron, como la peregrina idea de cambiar, de manera intempestiva, el horario del partido entre México e Inglaterra sin consultar siquiera a los entrenadores de ambos equipos. La propuesta vino del Gobierno de la Ciudad de México y de la FIFA, por los festejos tumultuarios y violentos en el Ángel de la Independencia de los partidos anteriores, los cuales dejaron cuatro muertos y decenas de heridos.
Los entrenadores pusieron el grito en el cielo. Aguirre de plano soltó en la televisión que estaba muy encabronado. Al final se descartó la idea de adelantar el juego. Pero por unas horas la incertidumbre y un presión innecesaria se apoderaron de los protagonistas. No se piensa igual cuando hay presión que cuando no la hay.
México bronco
Las escenas de los festejos que vimos en en las redes rayan en la esquizofrenia. Hordas de gente con la camiseta verde haciendo destrozos y armando zafarranchos. Los hay que se avientan o se caen de monumentos y faroles. Otros se agarran a golpes rodeados de una multitud que los incita y les aplaude. Y luego los recompensa con un trago de tequila. Hasta el fondo. Los más osados se revuelven en los charcos del agua de lluvia y dan brazadas como si nadaran. Sacuden coches y les revientan los parabrisas; algunos terminan linchando al conductor. Es la explosión del temperamento de la masa. Una masa que, aunque fuera por unos cuantos días, estuvo unida por el fútbol y la promesa de que ahora sí se va a “poder”. Violenta y caótica en su manera de celebrar un triunfo que considera suyo. Esa crispación, esa violencia, son el resultado de lo que vivimos todos los días en las calles; es el grito de un país que está encabronado consigo mismo y con aquellos que lo gobiernan. Es la maldita necesidad de levantar la voz y llevar la catarsis hasta el extremo.
¿Y si sí?
El gobierno de la Ciudad de México fue permisivo hasta el límite. Un gobierno que estuvo más interesado en conservar su popularidad entre el pueblo, tratándolo con peligrosa tolerancia como si fuera un hijo adolescente de la “generación de cristal”, que en hacer que la ley se cumpliera. Pero tampoco el gobierno es el culpable que sus ciudadanos se hubieran comportado así. Ciertamente el gobierno no obliga a la gente a emborracharse ni a salir a celebrar una victoria futbolera de la Selección. Aquí la responsabilidad queda del lado del pueblo. ¿Cómo se puede controlar a un millón de personas, muchas de ellas estado de ebriedad, violentas y empoderadas en el anonimato, que han convertido las calles en su pista de desmadre? No hay Ley Seca ni ordenamiento que valga cuando la turba está enardecida y con sed de la mala. Tan malo prohibirles que festejen, como incitarlos a que lo hagan. Finalmente el sueño se ha ido. Ya volverá dentro de cuatro años. Siempre vuelve con su disfraz de esperanza. Pero se queda la frase, inventada en la calle, en los festejos y los excesos. “Y si sí?” En tres palabras quedó expresado el temperamento del mexicano. Su temperamento y una nueva actitud ante los desafíos. Esa actitud mostrada por su Selección, que por un momento se agrandó y arrastró con ella al pueblo. Sirvió para que los mexicanos nos preguntamos: ¿qué tal que si se intenta sí se puede? Nos dimos cuenta que es como tirar una y otra vez a la portería. De tantas veces que se hace, un día será gol.
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