En abril de 1984, el transbordador espacial Challenger despegó en la misión STS-41C con una tripulación de cinco astronautas y un encargo histórico en órbita. Sin embargo, en la bodega de carga viajaba un grupo de pasajeros mucho más diminuto: 3,301 abejas obreras acompañadas de una reina.
El objetivo era poner en marcha su propio experimento biológico para responder una duda que en la Tierra resultaba imposible de resolver.
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