Frente a las olas de calor cada vez más severas, la reacción habitual en las ciudades suele ser tecnológica y costosa: exigirle más a los equipos de refrigeración y sobrecargar la red eléctrica. Sin embargo, a inicios de este siglo, un proyecto en Filadelfia demostró que la respuesta más eficiente no dependía de sistemas complejos, sino de aprovechar un principio elemental de la física en la parte superior de las viviendas.
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