Justicia de Importación

Por Horacio Rivera

Hace unos días la presidenta nos presumió en su mañanera que en México han bajado casi cincuenta por ciento la tasa de homicidios culposos. Es muy probable que sea así. Lo que no mencionó la presidenta es que los homicidios descendieron a partir de que los gringos comenzaron a presionar al gobierno mexicano para que hiciera su chamba. ¿Y eso cuánto nos va a costar?

Para nadie es un secreto, durante el último año Omar García Harfuch y su gente, además de la Guardia Nacional y el Ejército, han realizado miles de operativos contra la maña. Han ocurrido casi cincuenta y cinco mil detenciones de todo tipo de malandros. Mucho más de lo que podría presumir el gobierno del ex presidente López Obrador, quien lejos de atorar delincuentes, prefirió tratarlos con algodones. De hecho el castigo más duro, propuesto por López Obrador, fue denunciar a los malandros, pero no ante la ley, sino con sus mamás y con sus abuelitas. 

Si bien muchos de los golpes de Harfuch han sido de relumbrón mediático, no se puede negar que le ha pegado duro a la maña. Lo mismo ha desmantelado laboratorios de droga en la sierra, que ha decomisado toneladas de perico, metanfetaminas y precursores químicos para producir fentanilo. Cada vez que Marco Rubio o Donald Trump han presionado, el gobierno mexicano no ha tenido más remedio que salir a atorar mañosos. En lugar de hacer operativos sin una dirección clara, la estrategia de Harfuch ha utilizado labores de inteligencia, proveniente de agencias como la CIA, para identificar y detener a los principales generadores de violencia y líderes de la maña. Con los operativos también se ha asegurado armamento; con ello ha disminuido la capacidad operativa de los cárteles y su ferocidad para combatir. Asimismo la extorsión y el secuestro, principales fuentes de financiamiento y disputas entre grupos rivales, han sido golpeados por el súper policía del sexenio. 

La factura

Lo que deja una honda preocupación es pensar que si los gringos no hubieran presionado como hasta ahora lo han hecho, las cosas seguirían igual o peor de cómo estaban en el sexenio de López Obrador. Con una secretaría de Seguridad Pública y un Ejército, inmovilizados por orden presidencial. En efecto, aunque a algunos no les guste, el orden y la paz que se han podido rescatar de un país tomado por la maña ha dependido del vecino del norte. Y si el hecho de saber que el gobierno mexicano no actúa sin el acicate de los gringos, causa mayor preocupación preguntarse cuánto le va a costar a México la “justicia importada” desde Estados Unidos. Porque no se piense que todo esto va a ser gratuito, una cortesía del buenazo de Donald Trump y su pandilla. No, los gringos invierten recursos y energía para combatir al crimen organizado mexicano por razones que poco tienen que ver con la generosidad o la simpatía. Si México no fuera su vecino, ya se habrían llevado a la presidenta Sheinbaum y a varios de su gabinete, con la misma facilidad que un día se llevaron a Nicolás Maduro de Venezuela junto con su esposa, Cilia Flores. ¿Qué se los impide? La cantidad de negocios e intereses económicos que los gringos poseen a lo largo y ancho de todo México. Eso sin contar el millón y medio de estadounidenses que viven de forma permanente en el país. A los gringos no les conviene tener un polvorín del otro lado de la frontera, como tampoco están dispuestos a tener de vecino un país con el que ideológicamente no son compatibles. Es poco probable que los mexicanos nos libremos de pagar la factura. ¿Y con qué les vamos a pagar? Lo primero que viene a la cabeza es el petróleo y tierras raras, al igual que el agua y otros tantos recursos. El otro camino es que el gobierno comience a aflojar en sus reformas de la transformación, comenzando por la desafortunada reforma que se hizo al Poder Judicial. Mientras nuestros ilustres jueces y magistrados sean marca patito, difícilmente los gringos confiarán en sus decisiones y controversias. Y eso marca una distancia para que exista un entendimiento en cualquier campo. La ardua negociación del TMEC es una muestra de las suspicacias y las dudas. Por supuesto las cosas se verían muy distintas si el gobierno mexicano accediera a enviar a Estados Unidos al gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya. Habría mayor margen para negociar. 

Socios peligrosos

Pero después del discurso Sheinbaum nos recitó el pasado 31 de mayo en el Monumento a la Revolución, queda claro que la presidenta no sólo no piensa enviarles a Rocha Moya, sino que además ha radicalizado su postura. Inclusive se aventó la puntada de decir que Morena organizará asambleas informativas para defender la soberanía nacional. No queda muy claro qué es exactamente eso de defender la soberanía nacional, pero suena motivacional. Al menos para el gobierno y su base de simpatizantes. Algunos dirán que mientras los gringos se ocupen de limpiar nuestra basura, los mexicanos no deberíamos quejarnos del costo. Aunque limpiar toda esa basura implique amenazar y forzar al gobierno mexicano para que actúe contra sus propias convicciones, además de ceder ante cualquier capricho de Donald Trump. Es el precio de haberse asociado con la maña. Y es que visto en el papel, el plan de López Obrador era redondo. Asociarse y ser permisivo con los cárteles, como una manera de controlar el crimen y pacificar al país. Iluso. Lo que ninguno de sus ilustres consejeros le dijo al ex presidente es que el que negocia con la maña, comienza siendo el patrón, el manda más. Pero conforme pasa el tiempo y la maña afloja dinero y entrega poder, aquel que negoció con ella se va convirtiendo poco a poco en su humilde empleado. 



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