En el imaginario del pop, las discográficas suelen ser los malos de la película. Y hay motivos: demasiados contratos míseros firmados aprovechando la ansiedad del grupo novel, intentos de manipulación del sonido y la imagen, presiones para lanzar al cantante sin sus incordiantes compañeros, la contabilidad creativa.
Todo eso ocurre, cierto, pero tendemos a obviar que también los artistas pueden mostrarse imposibles.
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