Por Horacio Rivera
El Mundial de fútbol fue otra de las herencias malditas recibida por la presidenta Sheinbaum de parte de sus antecesores. Esto explicaría parcialmente por qué se negó a asistir a la inauguración del Mundial. Eso además del temor de convertirse en el centro de reclamos y silbidos por parte de miles de mexicanos. Su ausencia en el estadio Azteca revela a una presidenta sombría y alejada del pulso del pueblo. Ese pueblo polarizado y dividido que, al menos por noventa minutos, fue uno solo
Desde un principio Sheinbaum dijo que no asistiría a la inauguración del Mundial. Luego nos tiró el rollo humanista de que su boleto sería para alguien, una mujer, por supuesto, que no tenía con qué cubrir el costo exorbitante del mentado boleto. El caso es que luego de un concurso de dominadas el boleto fue a parar a manos de Dayra Yaretzi, una muchacha indígena de la costa de Oaxaca. Lo raro es que el día de la inauguración, por ningún lado vimos a la afortunada Dayra disfrutando del show. En vez de eso no asestaron a Salmita Hayek, quien a decir de la propia presidenta, es una digna representante de México. Lo de invitar a Salmita para que fuera reina del evento, tipo la reina del carnaval, se supone que no fue idea presidencial, sino una sugerencia del cacique de la FIFA, Gianni Infantino. Y se salió con la suya, porque lo cierto es que a Salmita nadie le chifló ni le lanzó reclamos furiosos como pudo haber sido el caso de la presidenta. No es lo mismo estar en Zócalo ante miles de acarreados a modo, que estar en el Estadio Azteca frente a miles de ricos y clasemedieros que alucinan al gobierno de la 4T.
La ausencia
La presidenta debió haber asistido como representante del pueblo mexicano, sin importar la reacción que pudieron haber mostrado todos aquellos que estaban en el estadio. Y si se hubiera dado el caso de la rechifla, nada hay de vergonzoso en aguantar vara. Por eso es la presidenta de un país. A veces no queda más remedio que tragar sapos. Pero esas cosas no deberían espantar a un político profesional, son gajes de su oficio. Sin embargo, a cambio del mal rato, Sheinbaum pudo haber ganado mucho del respeto de aquellos que la critican. Y no sólo de ellos, sino del mundo. Una mujer con arrestos y carácter. Alguien en quien se puede confiar. Pero no, en vez de plantarle cara a la adversidad, la presidenta prefirió irse a esconder a un deportivo de la Alcaldía Gustavo A Madero. Y ahí, en cortito y, en compañía de la jefa de Gobierno, Clara Brugada y otros tantos amigos de la 4T, se chutaron el partido contra Sudáfrica. La ausencia de la máxima figura política en la inauguración de un evento de la relevancia de un Mundial, deja un sentimiento rancio, parecido a la frustración. Al final el mensaje que se le manda a los mexicanos es que quien los gobierna no está dispuesta a dar la cara por ellos. La inauguración de la Copa del Mundo bien pudo ser utilizada por la presidenta para enviar un mensaje de unión y fraternidad entre el pueblo mexicano. Un mensaje necesarísimo en estos momentos. “Hoy, el fútbol nos ha unido”, pudo haber dicho frente a la multitud. Y probablemente la rechifla se habría convertido en un momento de reflexión. Le pudo haber dicho al mundo que México y su gente son el mejor anfitrión, tanto para albergar una Copa del Mundo, como para invertir en él. Pero dejó ir la oportunidad, igual que deja ir el gol aquel que no se atreve a disparar a la portería.
Gente bonita
Donde sí apareció la presidenta muy emperifollada y, no menos sonriente, fue en la cena de gala ofrecida por la FIFA, nada menos que en el Castillo de Chapultepec. Donde se dice que asistió lo más granado de la política y la farándula mexicana. Ahí no había nacos panboleros, como en el Zócalo. Sólo gente bonita. Todos sonrientes y fraternales, saludos, cuchicheos, caravanas. Esa noche se acabó la austeridad. El “primero los pobres” quedó sólo en un recuerdo y la “lucha del movimiento por la transformación” se convirtió en eslogan vacío. ¿Para qué tantas maromas y simulaciones, si de todos modos la presidenta, por su embestidura, debe relacionarse con los ricos y los poderosos? Eso sí, frente a su público, se muestra indignada por los precios estratosféricos de los boletos para la inauguración. Pero Clara Brugada no fue tan afortunada como Sheinbaum. Si en el deportivo desde donde vio el partido todo fueron besos, abrazos y selfies, la realidad se le apareció de lleno dos días más tarde, durante su arribo el Gran Desfile Mundialista en Paseo de la Reforma. El abucheo y los chiflidos le llovieron a la jefa de Gobierno por todos lados. El respetable público dejó aflorar todo su repertorio, toda su frustración de ver que su ciudad que se cae a pedazos, comenzando por el Metro. Pero en vez de dar soluciones, el secretario de Gobierno de la Ciudad de México, César Cravioto, aparece en un desafortunado video publicado en sus redes sociales, donde pretende hacerse el chistoso y le dice a los chilangos que, para todos aquellos que se quejan (los que la hacen de tos), tiene un jarabe para la garganta llamado “Ajolotius”. En 1968, unos pocos días después de la masacre de Tlatelolco, el presidente Díaz Ordaz asistió a la inauguración de los Juegos Olímpicos en Ciudad Universitaria. En cuanto Díaz Ordaz se levantó de su butaca para dar su discurso inaugural fue bombardeado por el estruendo de la rechifla . El rostro desencajado, la mirada fija y en la garganta un nudo. Aun así el presidente se mantuvo firme, impávido, ante el repudio popular. Muchas cosas se le pueden reprochar a un personaje como Díaz Ordaz, excepto que a la hora de ser juzgado por sus actos, dio la cara.
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