Los antiguos y los modernos


La «querella entre los antiguos y los modernos» se puede ejemplificar con los casos de dos pensadores célebres: Sócrates de Atenas y Karl Marx.

El primero filosofaba en público: enseñaba el arte de preguntar y ejercer la crítica (y autocrítica). Su propósito declarado era educar a sus conciudadanos en «el cuidado del alma» y en la primacía del diálogo. El segundo buscaba reconciliar la Razón con la Historia. Su propósito era encontrar la solución definitiva a los conflictos humanos y «cambiar al mundo».

El ateniense se negaba a asumirse como sabio; su sabiduría, afirmó, era humana; y, en todo caso, sólo los dioses podían ser sabios. En la filosofía veía, pues, no la posesión del saber, sino —como decían los griegos— el «amor a la sabiduría»: un género de vida.

El prusiano veía en la filosofía un instrumento teórico para la revolución social. Su maestro Hegel aspiraba a hacer que la filosofía «pueda dejar de llamarse amor por el saber para llegar a ser saber real», pues «ha llegado la hora de que la filosofía se eleve al plano de la ciencia» (Fenomenología del espíritu, FCE, p. 9). Siguiendo sus huellas, así como las del mesianismo occidental, la obra de Marx dio pie a una religión política secular: el marxismo dogmático, una forma de socialismo «científico».

Los antiguos, sostiene el filósofo judeoalemán Leo Strauss, dudaban más que nosotros. Veían en la filosofía una forma del escepticismo. En cambio, los modernos, habitantes de un mundo secular, a menudo confiamos excesivamente en los poderes de la razón, lo cual ha engendrado un espíritu dogmático. El filósofo ágrafo afirmaba no saber; el autor de El capital, profeta de la sociedad sin clases, haber descubierto las leyes de la historia. En suma: Marx fue radical, Sócrates moderado.

La enseñanza de los antiguos es no exigirle demasiado a la filosofía ni a la política, que consiste en el arte de convivir, no de transformar la naturaleza humana. Debemos contentarnos, por consiguiente, con sociedades imperfectas pero que evitan la tiranía y practican la moderación y el gobierno de las leyes. El mejor régimen, la república ideal, sólo es posible en la imaginación.

Embriagados de utopismo y afán de progreso, los modernos hemos pretendido muchas veces instaurar el Paraíso en la Tierra, crear al Hombre Nuevo. El corolario de ello ha sido el fanatismo, la violencia extrema, las dictaduras totalitarias de izquierda y de derecha.

Frente a los excesos políticos e intelectuales del mundo moderno, convendría recuperar el espíritu de moderación de la filosofía antigua, aquella tradición que va de los naturalistas, Sócrates y Platón a Aristóteles, los estoicos y los escépticos. Como insiste Strauss, la filosofía no es un conjunto de proposiciones ni un sistema. Es una forma de vida animada por la pasión o eros filosófico que formula preguntas en busca afanosa de la verdad.

Regresar a los antiguos —tomar en serio sus obras y leerlas lenta y cuidadosamente— es, en resumen, una de las mejores formas de confrontar los excesos y el nihilismo de nuestro tiempo.

Cortesía de El Informador



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