La exitosa historia de los fármacos para adelgazar está llena de ideas que no salieron adelante. El rimonabant se retiró del mercado por sus efectos psiquiátricos, la sibutramina por sus riesgos cardiovasculares y el dinitrofenol, que hacía arder la grasa en los años 30, podía matar por hipertermia. Los agonistas del GLP-1, como la semaglutida (Ozempic, Wegovy) o la tirzepatida (Mounjaro), cambiaron esa historia y hoy los usan entre 15 y 20 millones de personas en el mundo. Pero ahora, la carrera por superarlos está desempolvando algunas de aquellas ideas primigenias que en su momento no funcionaron.
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