Imagina a una persona sentada sobre un tapete, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados y la respiración controlada. No hay una caminadora, pesas ni bicicleta estática. A simple vista, cuesta imaginar que esa escena tenga mucho que ver con cuidar el corazón.
Pero el yoga no consiste solamente en quedarse quieto. Dependiendo de la práctica, puede implicar movimiento, esfuerzo muscular, control de la respiración y distintos niveles de intensidad. La ciencia lleva años estudiando qué ocurre en el organismo cuando esta actividad se convierte en parte de la rutina.
Una revisión publicada en 2025 encontró que practicar yoga puede ayudar a reducir la presión arterial en personas con prehipertensión o hipertensión. El resultado resulta interesante, aunque viene acompañado de una advertencia importante: los propios investigadores consideran que la certeza de la evidencia disponible es muy baja.
El corazón también responde a algo que no parece entrenamiento
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