La primera vez que enfrenté a una casa vacía fue en Popopark, ese fraccionamiento a las faldas del Popo que, de un tiempo para acá, recibe más ceniza que gente. Era una niña, de visita con unos parientes. Mis primxs y yo corríamos por el campo frío (siempre hacía frío en mis recuerdos de Popopark) con un objetivo concreto: llegar a la casa abandonada. A una distancia prudente, la observé. La casa se veía muy vieja y alicaída, un vestigio de otra era. El valor sólo me dio para llegar a la caballeriza, que claro que tenía una, y encontrar ahí unos zapatitos de bebé. Ya con eso tuve. Mis primxs, todxs más grandes que yo, se acercaron más. Incluso, creo, entraron. Fin del recuerdo. No hay detalles pero sí la sensación de estar en una nube de intimidad ajena, a la vez decadente y evocadora. Una gran tristeza y la emoción del descubrimiento.
Lee la nota completa en Chilango.
Dejanos un comentario: