Hay una peligrosa desconexión entre la retórica gubernamental y la realidad que se respira en la calle. Esta semana, al presentar el balance del Plan Michoacán, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que la percepción de inseguridad en puntos críticos como Uruapan sigue siendo muy alta; sin embargo, atribuyó este fenómeno a una falta de sintonía ciudadana con los datos oficiales, bajo la premisa de que los supuestos avances institucionales ocurren independientemente de lo que experimenta la población. Esa es la distancia entre el escritorio y la calle: si la seguridad no se percibe en la vida diaria, simplemente no existe.
Y eso es aplicable a la percepción de bienestar, crecimiento o Estado de derecho: si no se perciben, no existen. Gobernar a partir de otros datos mientras el ciudadano vive a la defensiva es, básicamente, autocomplacencia.
En el terreno económico, por ejemplo, si cruzamos los reportes recientes de noviembre del 2026 del Inegi y del Banco de México, el contraste es brutal.
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