Solo hay una certeza esta noche en la playa del Trampolín: nadie quiere estar aquí y nadie quiere que estén aquí. Todo lo demás en este trozo de costa es una especulación, un bullir de preguntas que opaca el sonido del mar en esta madrugada un mes y medio después. No está claro cuántos son los migrantes que la habitan –las últimas estimaciones lo sitúan en 4.000–

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