La literatura fantástica es un género inmortal, algo que ha quedado más que demostrado durante buena parte de la historia de la escritura. Y lo es por una razón obvia. Es fundamental porque permite explorar la condición humana, la moral y las emociones complejas desde una distancia segura.
De modo que, al romper con las leyes del mundo físico, este género dota a los autores de una libertad absoluta para materializar miedos colectivos. También, deseos reprimidos y dilemas éticos a través de metáforas vivas, como monstruos, magias o mundos paralelos.
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