En la primera parte conté cómo, sin darme cuenta, tomé el gusto por ahorrar en una alcancía y aprendí a pagarme primero a mí mismo, a pesar de que nunc
a había leído sobre este concepto.Comenté que cuando cumplí 18 años, mi abuela me regaló una cuenta bancaria. Con ella abrí una cuenta de inversión a la que destinaba mis ahorros, para
no tocarlos. En mi

cuenta sólo quedaba el dinero que tenía disponible para gastar.Te
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Fuente: El Economista (Paros). Nota agregada; el texto completo está en el medio original.
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