Indios Verdes bajo el agua: Crónica de una inundación anunciada en la Gustavo A. Madero

Por Alejandro César Vázquez (presidente de la Federación Hispanoamericana de Editores y Productores de la Radio y Televisión)

Hay un momento exacto, cada temporada, en que el norte de la ciudad se rinde. No es cuando empieza a llover. Es a los veinte minutos de haber empezado. El cielo se cierra sobre la Sierra de Guadalupe, el agua baja como si la vaciaran a cubetadas desde Cuautepec y de pronto el CETRAM Indios Verdes, el paradero más transitado de todo el país, deja de existir.

El agua le llega a la defensa de los autobuses. Luego a la rodilla. El Metrobús abre las puertas y baja a la gente en medio del espejo café. El Metro cierra los accesos A y B porque la corriente se mete por las escaleras. Sobre Insurgentes Norte los coches ya no avanzan, solo flotan. Y la fila se hace larga, interminable, hasta San Simón. Quien viene desde la México-Pachuca lo sabe porque lo vive. Son dos horas para llegar a trabajar y otras dos para entender que no va a llegar.

Decir que fue una lluvia atípica es mentir. Fue una lluvia anunciada.

Indios Verdes es el embudo donde la ciudad quiso meter todo sin pensar a dónde se iría el agua. Ahí se juntan la autopista, Insurgentes, el Gran Canal del Desagüe y el Río de los Remedios. Tres sistemas masivos de transporte intentan cruzar por el mismo cuello de botella: el Metro de la Línea 3, el Metrobús y el Mexibús que viene del Estado. Debajo de todo eso hay un drenaje que tiene más de cuarenta años y que ya perdió la pendiente. Es decir, el tubo sigue ahí, pero el agua ya no corre hacia donde debe. Se queda estancada, se regresa, busca salir por las coladeras de las casas.

A eso súmale lo que nadie quiere limpiar. En colonias como Pensador Mexicano las cuadrillas encontraron las cuatro bocas de tormenta taponeadas por completo con basura que baja desde zonas altas, llantas, plásticos, cascajo. Y más arriba, en el cerro, cada año hay menos tierra y más concreto. Un hidrólogo lo explica sin rodeos: un suelo vivo puede tragarse treinta o cuarenta milímetros de lluvia. Un suelo sellado con asfalto, saturado de humedad, con diez milímetros ya se convierte en un río que baja directo a Indios Verdes. No hay bosque que lo frene. No hay donde se infiltre.

Y luego está lo que duele más porque se pudo evitar.

En Providencia, a diez minutos de Indios Verdes, los vecinos llevan desde febrero pidiendo que alguien les haga caso. Reportaron una tubería tronada. En marzo un equipo fue, vio la ruptura en un conducto principal y se fue. No la repararon. La vecina Rocío Lazcano hizo lo que hace la gente cuando la autoridad no escucha: dibujó a mano un croquis de la colonia, tocó puerta por puerta, juntó ochenta firmas y mandó una carta directa a la Jefatura de Gobierno avisando que el agua negra se estaba mezclando con la potable y que con la primera lluvia fuerte se iban a inundar. No hubo respuesta. Llegó la temporada y el agua les entró a las salas, les echó a perder colchones, refrigeradores, papeles de la escuela de los niños. La alcaldía Gustavo A. Madero no dio un pronunciamiento. Esa es la historia que se repite en Santa Isabel Tola, en Industrial Vallejo, en San Juan de Aragón, con pancartas hechas a mano que dicen ya no queremos jabón, queremos drenaje.

El costo no se mide solo en autos descompuestos ni en los quince mil pesos que le costó a Víctor Manuel sacar su Pointer del taller después de la inundación de 2024. Se mide en las mujeres que tienen que ser cargadas por policías para poder cruzar Insurgentes con sus hijos en brazos. Se mide en las doscientas casas que en una sola noche de 2024 se quedaron bajo el agua entre la GAM y Venustiano Carranza. Se mide en la gente que paga tres pasajes para terminar caminando entre aguas negras hasta Martín Carrera porque alguien decidió que esa es la ruta alterna.

Y no, esto no se va a resolver con camiones vactor. El vactor es la aspirina para un cáncer. Llega después, hace ruido, saca un poco de lodo y se va. El problema está abajo y está arriba.

Lo que necesita Indios Verdes es una obra que no se ve en foto pero que cambia todo. Primero, dejar de reforestar de adorno y empezar a reforestar en serio arriba, en Cuautepec, donde todavía se puede recuperar suelo de absorción. Sembrar árboles no es un acto bonito, es infraestructura hidráulica. Cada árbol es una bomba que regresa agua al subsuelo.

Segundo, y aquí viene lo que nadie quiere decir porque cuesta dinero y voluntad, hay que hacer un pozo de absorción de una dimensión impresionante en la zona del paradero. No un pozo chico de los que hacen para la foto. Un pozo profundo, de gran diámetro, capaz de tragarse el volumen de una tormenta completa y mandarlo al acuífero. Para eso se tiene que meter maquinaria especializada, perforadoras de gran calibre, tecnología de primer nivel, estudios de mecánica de suelos, porque estamos hablando de perforar en una zona que está por debajo del nivel del Gran Canal. Sin bombeo y sin una obra de infiltración de esa escala, por más que limpien coladeras, el agua va a seguir sin tener a dónde irse.

Y tercero, que todo lo demás se haga cuando debe hacerse, no cuando ya estamos inundados. Desazolve preventivo entre noviembre y abril con bitácora pública, no en julio. Sustitución real de los colectores que ya están diagnosticados con pérdida de pendiente. Cárcamos funcionando. Y un protocolo que cierre el CETRAM automáticamente cuando el nivel sube, porque tener a miles de personas caminando entre instalaciones eléctricas bajo el agua es una tragedia anunciada.

Apenas empiezan las temporadas reales de lluvias. Lo que vimos hace dos semanas no fue lo peor, fue el aviso. La planeación fue muy mala durante años y ahora la factura se la cobran a los que menos pueden perder, a los que viajan todos los días desde el norte para sostener esta ciudad.

Indios Verdes no se inunda por la naturaleza. Se inunda porque se nos olvidó darle mantenimiento a la ciudad que construimos encima del agua.



Dejanos un comentario: