Una tarde tórrida y ventosa de agosto, en la playa, luchando con la sombrilla para que no se me volara y empalara a un guiri y me hiciera acabar mis días en el trullo, el aviso de un correo urgente del curro en el móvil me quitó de cuajo la tontería y la paranoia.
“Fallecimiento de nuestro compañero Fernando Sanz, del equipo de Economía de Cinco Días”, rezaba el asunto. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Fernando? Imposible.
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