A mediados de agosto, en el Cono Sur, habíamos tenido apenas 12 días de sol —un sol que apenas era un sol, desmayado y sin voluntad— a lo largo de 76 jornadas en las que el cielo parecía hervido, una masa de nubes bajas, la emanación exhausta de un cerebro en estado de depresión. Habituados a un cielo tenso de tan azul, con una belleza lisa que parece a punto de rasgarlo, no había cómo no contagiarse el ánimo de la atmósfera. La gente parecía remota y derrotada, sumida en
Fuente: El Pais (Paros). Nota agregada; el texto completo está en el medio original.
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