Por Horacio Rivera
Hubo un tiempo en el que López Obrador y Donald Trump eran amigos. De hecho fue Trump quien accedió a que el general Cienfuegos, secretario de la Defensa en el gobierno de Enrique Peña Nieto, regresara a México, luego de que había sido detenido por los gringos, acusado de narcotráfico y lavado de dinero. El problema es que Obrador nunca cumplió una promesa, la promesa hecha a Trump, de que investigaría el caso del general bajo las leyes mexicanas
Son tan parecidos López Obrador y Trump que no sorprende que cuando ambos gobernaban, cada uno en su correspondiente lado de la frontera, llegaran a ser buenos amigos. De hecho algunas de las prácticas y artimañas que Trump ha usado para “terapear” el pueblo gringo, son copias de las artimañas de López Obrador. Como aquella de negarse a reconocer su derrota en unas elecciones presidenciales. Tal como ocurrió en las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos, en las que Trump acusó, sin pruebas, que el proceso había sido amañado. Estilo personal de gobernar de Trump, sobre todo, en su segundo mandato, guarda un parecido con la forma de gobernar de López Obrador. En ambos se descubre un discurso nacionalista, que divide a la sociedad entre el pueblo bueno y sabio y la élite corrupta. El estilo político de uno y otro se ha centrado en el liderazgo personal, así como en la polarización y el rechazo a las instituciones. Recuérdese aquel “Al diablo las instituciones”, vociferado precisamente por López Obrador cuando era oposición. Recuérdese igualmente aquel 6 de enero de 2021, en el que una turba de trumplovers tomaron por asalto el Capitolio de Estados Unidos, azuzados por el propio Trump. Dios los hace, ellos se juntan.
Resulta revelador que en la carta que Obrador le envió la semana pasada a Trump, éste cite el caso del general Cienfuegos, como un incidente en el que ambos presidentes “se entendieron”. Habría que recordar que, si bien Trump accedió a enviar de regreso a México al General Cienfuegos, fue a condición de que el gobierno mexicano investigara y, en su caso, fincara responsabilidades contra el general. Cosa que Obrador no sólo no cumplió, sino que a manera de burla, tuvo la puntada de condecorar a Cienfuegos en una ceremonia conmemorativa del aniversario del Colegio Militar. Es lógico pensar que luego de ver eso, Trump se sintiera traicionado por el ex presidente mexicano. En pocas palabras, a Trump me lo chamaquearon. Quizá en México el hecho de mentir sea visto como algo absolutamente trivial, algo que no amerita grandes castigos, pero para los gringos sí que es motivo para suscitar una enorme desconfianza. La vida da vueltas. Y los gobiernos también. Años más tarde Trump regresaría al poder. Y Obrador se iría directo a “La Chingada”.
Reclamo
Y desde ahí, desde el auto destierro, hoy Obrador le pide el paro a su cuate del alma. Eso sí, primero le dice que es una marioneta, un pelele, de aquellos que lo rodean. Y luego se lamenta de que el Trump de los viejos tiempos ya no exista. “Cómo has cambiado, carnal. Antes me hablabas”. Diríamos en México. La carta de Obrador suena más a al reclamo desesperado de alguien con mucho miedo, que a un argumento de peso como para que Trump deje de presionar al gobierno de la presidenta Sheinbaum. Aquella frase con la termina la ilustre misiva, “Por el bien de todos, que regrese Trump”, lleva jiribilla beisbolera. Nomás le faltó decir “Por el bien de todos que regrese AMLO”. Y que no cause asombro que la aparición poco espontánea de Obrador, sea uno de los tantos preámbulos de su intento por volver a gobernar, luego de que su sucesora no ha podido resolver el enjambre de problemas que le heredó. Problemas como la eterna extorsión de los maestros de CNTE hacia el gobierno mexicano. Bueno, en ese caso específico, Sheinbaum simplemente fue alcanzada por su propio karma, pues fue ella quien en campaña prometió a los maestros que les cumpliría todas sus exigencias y caprichos.
Amistades peligrosas
Suponiendo que, en efecto, Obrador tuviera en la mira la idea de volver a ser presidente, no en la sombra como lo es ahora, sino como lo fue oficialmente hace casi dos años, cabría preguntarse si los mexicanos volverían a comprársela con los ojos cerrados, igual que se la compraron en 2018. Ya no se va tan fácil, por lo menos, no en el norte del país. Ya se vio en las elecciones de Coahuila, donde el priismo se llevó el carro completo. A diferencia del pasado, hoy están tronando en manos de Sheinbaum todas las pifias cometidas por un presidente, hábil para embaucar, pero pésimo para resolver. En 2018 las finanzas públicas no estaban quebradas, tampoco había prominentes miembros del morenismo acusados de ser narcotraficantes. Aún no explotaba la refinería de Dos Bocas ni se había descarrilado el tren Maya. Mucho menos se hablaba de las estafas del huachicol. Todavía había margen de maniobra. Pero ese margen se ha ido acortando, hasta llegar a una carta regañona y absurda, la cual casi le exige a Trump que se haga de la vista gorda y perdone las marrullerías del ex presidente y de sus ilustres gobernadores del bienestar. Resulta irónico que alguien como López Obrador, para quien se supone que la lealtad siempre representó uno de los valores más importantes, le haya pagado a Trump precisamente con la moneda del engaño. Y no es que Trump nunca diga mentiras. Las dice con la misma facilidad con la que las dice López Obrador. Lo trágico es que la gente, los seguidores de ambos, parecieran estar siempre ávidos de más mentiras. Como si la cruda verdad les importara mucho menos que la fantasía que encierran los embustes. Obrador y Trump pudieron seguir siendo buenos compas, pero las amistades no duran mucho cuando uno de los cuates se siente más chingón que el otro.
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