Por Horacio Rivera
Madres buscadoras; maestros insaciables; transportistas ninguneados; padres de los desaparecidos de Ayotzinapa; campesinos quebrados, dueños de palcos defraudados… Todos con una sola idea: protestar contra el gobierno y crear el caos en la CDMX, previo al partido inaugural de la Copa del Mundo. Nadie está dispuesto a dejar pasar de largo la oportunidad soñada de ser visto por más de seis mil millones de personas en todo el planeta. El duelo entre México y Sudáfrica se jugará en la cancha, pero el duelo entre el gobierno y la realidad se disputará la calle
Se dice que el contingente de las madres buscadoras será mucho más nutrido de lo que hasta hoy habíamos visto. Otro tanto se espera de los maestros del CNTE, quienes además serán apoyados en la protesta por los padres de los desaparecidos de Ayotzinapa. A toda la bola habría que sumar la presencia de los campesinos, la protesta de los dueños de palcos del Estadio Azteca y el “megaparo” anunciado por los transportistas. Sin contar las toneladas de agua de lluvia que se esperan para el jueves 11 de junio. Sí, la Ciudad de México, la Gran Tenochtitlán, está a punto de ser tomada por un ejército de inconformes que le hablan a un gobierno que no los escucha y tampoco los ve. Un gobierno que cuando fue oposición se sirvió de muchos de esos inconformes para llegar al poder. Y hoy los desconoce. En el fondo todos quieren lo mismo: dinero. El problema es que este gobierno ya no tiene. Y un gobierno pobre es un pobre gobierno.
Y como el gobierno morenista, al igual que los panistas y los priistas del pasado, se niega a usar la fuerza de la ley para someter a la turba, poco hay que puedan hacer los chilangos para librarse de un caos anunciado. Una vez más la ciudadanía quedará a merced del más fuerte, del más violento. Y el gobierno promete quedarse cruzado de brazos. Provoca zozobra pensar en qué pasaría si de pronto uno de los muchos contingentes de protesta tratara de evitar que, aquellos que pagaron boleto, lleguen al estadio Azteca para la inauguración. Estamos hablando de boletos que costaron entre ochenta mil y un millón de pesos. Vaya zafarrancho que se desataría. ¿Qué autoridad podría calmar los ánimos? ¿La policía de Clara Brugada? ¿La Guardia Nacional? No, eso no va a ocurrir. Hace mucho que dejaron a la gente a su suerte.
Esa misma gente que está encabronada porque el deporte que ama, la medicina que los saca por noventa minutos de la brutal realidad, fue manoseada y convertida por la FIFA de Infantino en un negocio dirigido a los ricos. De pronto el fútbol se cotizó como artículo de súper lujo. Absolutamente inaccesible para las mayorías. Para los jodidos. Sí, se hizo el Mundial en México por tercera vez, pero exclusivamente para la élite. Hoy hasta los restauranteros y los dueños de bares tienen que pagar una licencia autorizada por la FIFA, si es que pretenden invitar a ver los partidos del Mundial, como gancho para jalar clientes. Y mientras, el pueblo, los ciudadanos, los que no fueron invitados, los que sólo pueden comprar una camiseta pirata de la Selección de ciento ochenta pesitos, tendrán que chutarse a la turba enardecida desatando el caos en la ciudad de la furia.
Se pudo, no se hizo
La presidenta Sheinbaum, así como la jefa de Gobierno, Clara Brugada y, la intransigente FIFA, lograron algo que pocas veces se ve en México; algo insólito. Lograron que los machuchones, los de la derecha neoliberal, llámese los dueños de los palcos del estadio Azteca, se aliaran, aunque sea por una horas, a los jodidos, a los de salario mínimo, llámese los maestros de la CNTE. Sólo hay que ver la conferencia de prensa ofrecida por Roberto Ruano, director de la Asociación Mexicana de Titulares de Palcos y Plateas, quien ya advirtió que si sus demandas no son escuchadas, se unirá a sus compañeros de lucha, los ilustres maestros de la CNTE, para boicotear la inauguración del Mundial. Todo en medio de una ciudad que no llegó en las mejores condiciones para la inauguración. Y pensar que se tuvieron ocho años para convertir a la Ciudad de México en un anfitrión digno. Lo cierto es que se hizo muy poco. Y lo poco que se hizo, se hizo al chilazo. Se pudo tener un aeropuerto de clase mundial como el de Texcoco, pero se optó por algo como el AIFA; algo que ni siquiera sirve para palear el tumultuoso tráfico que desborda el decadente Aeropuerto Benito Juárez. Se pudieron tener calles sin baches, pero se optó por pintar la ciudad de morado. Se pudo tener un Metro eficiente, pero se optó por gastarse parte de la lana en darle circo al pueblo en el Zócalo y en Reforma.
Ganar o ganar
Como están los ánimos y las intenciones, lo mejor que le podría pasar al gobierno de Claudia Sheinbaum es que este jueves la Selección Mexicana le gane a la de Sudáfrica. Y si es por marcador abultado, qué mejor. Sería una especie bálsamo para aflojar la crispación del pueblo, incluidos los inconformes y los revoltosos. Un respiro para un gobierno al que el destino le está cobrando su soberbia y su obstinación. Sería una luz de esperanza, al menos hasta el 18 de junio, que es cuando el equipo mexicano tendrá que enfrentar a Corea. Inclusive, un empate sería alentador. Ah, pero una derrota, eso sí que se convertiría una tragedia nacional, un golpe muy duro de asimilar. Muy probablemente la animosidad del pueblo contra sus gobernantes escalaría al siguiente nivel. Eso sin mencionar que ante tal debilidad, los gringos podrían lanzar otra embestida contra el gobierno de la 4T. Hay tantos frentes abiertos, que el gol podría entrar por cualquier lado. Y mientras la gran ciudad, la hija de Tlaloc, paciente espera y ve cómo el cielo furioso se cae a pedazos.
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