La Noche del Ángel

Por Horacio Rivera

México 1986. Nunca había visto tanta gente junta. En las bocinas del estadio Azteca comenzó a sonar el Himno Nacional. Me levanté y me puse muy firme, como un auténtico soldado. No fuera a ser que mi jefa, que estaba junto a mí y mis hermanos, me soltara un soplamocos por irrespetuoso. El partido comenzó más lento que el partido anterior contra Irak. Puros pelotazos. Se me antojaba una chela. Pero con la jefa al lado, no se podía. Había que guardar las formas. Alguien mandó un pelotazo a unos metros de la entrada del área búlgara; Manuel Negrete bajó el balón y se lo pasó a Aguirre, éste se lo devolvió de pared. Fue cuando surgió el milagro, eso que hace que el fútbol sea una droga que te engancha y no te suelta. Negrete se lanzó por el aire y, con una pirueta de media tijera, conectó el balón y lo mandó flotadito hasta el fondo de la portería búlgara. Un eco monstruoso hizo retumbar las tribunas de concreto. Fue como si hubiera estallado un trueno. La gente miraba al cielo con los brazos abiertos. Se abrazaban, sonrerían, gritaban fuera de sí. El Azteca temblaba, se venía abajo. Con el triunfo frente al equipo de Bulgaria, la Selección Mexicana de Bora Milutinovic había logrado colarse a octavos de final. ¡Sí se pudo! ¡Que sí, que no, que cómo chingaos no! En lo más íntimo de cada mexicano comenzaba a surgir la fantasiosa idea de que la Selección de Bora podría llegar a la Final. Bueno, mientras la ilusión durara había que aprovechar. Yo sólo me preguntaba con quién iría a festejar esa noche la hazaña del Tri en el Ángel de la Independencia. Nadie me quiso acompañar. Culeros. De cualquier forma le tiré el cuento a mi jefa de que iría a ensayar con mi banda en casa de El Dedos, el baterista, y jalé camino. Reforma era como un hormiguero. Por todos lados llegaba el gentío. Venían con sombreros y matracas, con las camisetas verdes y las caras pintarrajeadas. Gritaban y cantaban, luego se llevaban un pomo de tequila a la boca para darle un trago muy largo. Apenas podías caminar entre los miles de cuerpos. Llegué hasta el pedestal del Ángel y lo escalé. Luego me senté sobre el lomo de uno de los dos gigantescos leones de bronce, que vigilan con sus fieras miradas los extremos del pedestal. Debajo de mí, las cabezas se apretujaban una al lado de otra. “Que sí que no, que cómo chingaos no”, tronaba el gentío mientras pegaba de brincos. En cada brinco el Ángel temblaba como si se fuera a abrir la tierra. Se escuchó un clamor y luego la chifladera. Las miradas de todos aputaron hacia una mujer. Era güera y estaba bastante chichona. Muy quitada de la pena, la güera se paseaba sobre la multitud con el cuerpo boca abajo, dando brazadas, como si estuviese nadando. Debajo, de ella un mar de manos la sostenían y la impulsaban para que siguiera hacia adelante. Y mientras la güera nadaba, aparecieron Los Panchitos, la pandilla más famosa del Défe. Venían en una carabana de varios camiones que habían sido secuestrados. Se habrían paso entre el gentío como si estuvieran en un desfile. Los cuerpos morenos y flacuchos de pelos parados se asomban por las ventananillas de los camiones repletos. Otros tantos iban apretujados sobre los techos. Bailaban y brincaban haciendo crujir el metal. Desde abajo les aplaudían y les chiflaban. Algunos se trepaban a los techos de los camiones ayudados por los que ya estaban arriba. No importaba para qué, lo importante era pisotear las reglas. Pocas veces lo puedes hacer sin consecuencias. Los Granaderos y los policías no intervenían, sólo los observaban en silencio con ojos torvos. Un escalofrío me recorrió el espinazo, fue como una descarga eléctrica que me sacudió. Bajé del león de bronce y corrí hacia uno de los camiones. Alguien me ayudó a subir al techo. Qué bien se sentía estar ahí arriba con el corazón latiéndome a tope, invadido por una euforia que apenas podía controlar. Al diablo todo. Podía hacer lo que se me diera la gana. Esa noche era mía. Era mi gran noche y la noche de la Selección de Bora. Un trueno resumbó en el cielo. Las piernas me temblaron, sentí las gotas de lluvia estrellándose en mi cara. Algo que se parecía a un bote de crema de afeitar cayó de pronto sobre el techo del camión. Todo se cubrió de una humareda espesa y gris. Entre el humo enrarecido se escuchaban los golpes y los gritos: “Bájense, cabrones! ¡Orale, putos!”. Unos saltaban alocadamente del autobús, otros permanecían paralizados sin saber qué hacer. La cara me ardía, no podía respirar. A mi lado un gordo de pelo largo tiraba palazos con el mástil de una bandera. Los granaderos que intentaban subir al techo del camión eran recibidos a palazos por el gordo. Pero el gordo no duró mucho; alguien logró apañarlo de una pierna y le dio el jalón. Salió volando del techo del camión. Nomás aterrizó en el paviemnto mojado, los granaderos lo rodearon y comenzaron a reventarlo a patadas y garrotazos. Cuando me di cuenta, yo también volaba por el aire. En medio de la trifulca alguien me había empujado, o tal vez sólo tropecé. Qué importa. Estaba cayendo y no había nada que lo pudiera evitar. Era como si me desplomara en cámara lenta. Como si el tiempo se hubiese detenido alrededor mío, mientras mi cuerpo se precipitaba muy despacio, casi flotando. Podía escuchar los chiflidos. Los gritos y las maldiciones, y el rechinar estrundoso de las matracas y el aullar de las trompetas. Podía ver el enjambre de luces que tintineaban iluminando al Ángel. Vi a la mujer chichona nadando sobre miles de cabezas. Ví el gol portentoso de Negrete y al Azteca incendiándose. Vi a mi jefa regañándome por haberla engañado. Y entonces cerré los ojos. Fue cuando me di cuenta de que, por mucho que soñáramos, nunca seríamos campeones del Mundo.



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