Las enloquecidas en silencio

Todas tenemos fichada a alguna. Las solemos ver en el gimnasio o en marcha por la montaña, aislada por sus auriculares, siempre solitaria. Suele llevar un top ajustado y unos ciclistas de talla infantil. Sus piernas recuerdan a la de aquellos niños de África que cerraban el telediario en los 90. Sus brazos parecen ramitas a punto de quebrarse, tiene el estómago curvado hacia dentro y las clavículas tan sobresalidas como los huesos de su pelvis. La mayoría la miramos con pena condescendiente: qué debió pasar para acabar así, qué

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